A propósito del estudio de Alberto Garzón: La identidad de clase

 

 

El líder de Izquierda Unida acaba de publicar un extenso y saludable estudio sobre el comportamiento electoral de la clase trabajadora (https://la-u.org/a-quien-vota-la-clase-trabajadora-en-espana/)La conclusión es clara: constata una correlación entre pertenencia a las clases trabajadoras -habría que hablar en plural- y la tendencia mayoritaria de su voto hacia las izquierdas (considerando al PSOE, izquierda), así como la de las clases medias a las derechas (y la ultraderecha).

El artículo, avance de una investigación más amplia pendiente de publicar, pone de relevancia el factor de clase respecto de la expresión político-electoral. Es decir, valora la interacción entre la realidad ‘objetiva’ de clase del electorado y su identificación política. Tiene un enfoque realista con abundante justificación empírica y alusiones teóricas. No obstante caben algunos comentarios relacionados con la necesidad de una visión multidimensional, inclusiva y renovada del concepto de clase y superadora del determinismo económico para definir mejor la formación de un sujeto social y político democrático-igualitario y su papel transformador en el actual contexto.

En primer lugar, añado solamente un dato según la tabla adjunta. En la escala de 1 (izquierda) al 10 (derecha), está clara la percepción de cada formación política en relación con sus respectivos electores, con alguna diferencia respecto del conjunto de la ciudadanía. Supone una relativa aceptación, consenso o legitimidad de cada base electoral con esa identificación político-ideológica de su formación de referencia. Así, la autopercepción de los votantes de Unidas Podemos se sitúa en el 2,7, de Partido Socialista en el 3,5, de Ciudadanos en el 5,7, de Partido Popular en el 6,9 y de VOX en el 7,5. O sea, y aunque en muchos casos la identificación político-ideológica sea débil, las medias de los electorados socialista y de Unidas Podemos se considera de izquierdas, en una zona intermedia entre el 1 y el 5, mientras el conjunto de la ciudadanía percibe al PSOE más moderado y a UP más radical.

Formación política UP PSOE C’S PP Vox
Ubicación por la ciudadanía 2,3 4,0 7,0 8,0 9,4
Autoubicación de sus electores 2,7 3,5 5,7 6,9 7,5

Fuente: Barómetro de mayo de 2019 del CIS

En segundo lugar, no queda bien resuelta la interrelación del binomio clase/comportamiento electoral con otras dinámicas y conflictos (de género, étnico-nacional…) que confieren una mayor diversidad y complejidad en su interacción con las condiciones socioeconómicas y su articulación sociopolítica, incluido el debate sobre la transversalidad, la interseccionalidad o la unidad popular. Veamos algunos aspectos relacionados con la clase social ‘objetiva’, la clase social ‘subjetiva’, como conciencia, y lo que me parece más importante y que late en el texto: la clase social como ‘actor’ sociopolítico integrador, la formación de su sentido de pertenencia colectiva, desde la diversidad y frente a los poderosos, y su papel transformador.

Ese análisis de clase (objetiva) se hace solo sobre población ocupada, por tanto, de sus empleos, con la conclusión de ser la clase trabajadora solo la mitad; si se realizase sobre población activa (incluyendo a la mayoría de gente desempleada como población ‘trabajadora’) el porcentaje sube hasta el entorno de los dos tercios. Aparte de esta dimensión mayoritaria de las clases trabajadoras el aspecto principal es qué criterio interpretativo se utiliza para esa clasificación o polarización socioeconómica y de estatus, tal como he explicado en varias investigaciones.

Comparto el interés por los estudios citados del neomarxista (y neoweberiano) Erik Olin Wright, con su énfasis en un análisis de clase basado en la posición de dominio (o control) / subordinación de la población y el carácter contradictorio de las clases medias. Es decir, la relevancia de la ‘situación de clase’ de individuos y grupos sociales respecto de las relaciones de poder y estatus social, incluyendo su posición en las estructuras económicas (productivas y reproductivas) y laborales, las trayectorias socioculturales (incluidas las de género y étnico-nacionales) y las dinámicas institucionales y políticas.

Por tanto, el criterio principal de diferenciación es la posición de dominio / subordinación (explotación, expropiación, discriminación, subalternidad) en el conjunto de esas relaciones sociales, económicas, familiares y laborales, incluido el componente de género por la dependencia y desventaja de las mujeres en esas estructuras. Tiene que ver con la segmentación del estilo de vida y de consumo, o sea, con los niveles de ingresos, empobrecimiento y desigualdad social, así como con la edad y las capacidades académicas y étnico-culturales. Pero, a pesar de la existencia de buenos indicadores de rentas, tipo de ocupaciones o formación escolar, el análisis debe ser más complejo e interactivo.

Se trata de valorar una relación social de unos grupos respecto de otros. Y los datos estadísticos, empezando con la propia EPA, hay que reinterpretarlos. No es suficiente el convencional de ser asalariado o no (o autónomo o propietario). La figura jurídica del contrato laboral esconde una gran segmentación de rentas salariales, posiciones de poder y control de procesos productivos y recursos humanos. Tampoco el de ocupaciones o sectores económicos. Una parte asalariada forma parte de los grupos de poder (o de las clases medias-altas); gran parte de las personas autónomas forman parte o son similares a la clase trabajadora.

Este enfoque relacional y de estatus está asumido solo parcialmente, y lleva a cierta falta de claridad sobre la composición y el carácter de las clases medias, donde se incluyen la llamada ‘clase de servicio’ y las ‘clases intermedias’ (donde se incorporan autónomos y trabajadores no manuales). Pero si priorizamos el criterio cualitativo antes explicado de la ‘posición’ relacional, vemos que esas capas son muy heterogéneas y afecta a una cuestión clave que se apunta: una gran parte sufre su precarización, especialmente de la gente joven (con cualificación académica, trayectorias bloqueadas y volubles y expectativas profesionales, de estatus y seguridad frustradas). Esta ‘nueva’ (sub)clase ‘subalterna’ o subordinada es más bien trabajadora (inestable, insegura o precaria aun en empleos cualificados, formalmente autónomos o ingresos puntuales por encima de la media) no clase media (media-media y media-alta), con posiciones de ventaja y poder respecto de la mayoría de clase trabajadora.

Pero ello afecta a otro aspecto significativo: La mayoría de las bases sociales y electorales de Izquierda Unida y Podemos (y sus convergencias), sobre todo jóvenes, no son ‘objetivamente’ de clase media por su estatus socioeconómico y profesional. Especialmente, desde el comienzo de esta crisis, hace una década, esa capa social juvenil (hoy hasta los 35 años), también heterogénea y segmentada, tiene una experiencia prolongada entre el descontento, la impotencia, la frustración y la meritocracia, respecto de su inserción laboral y sus condiciones de vida (y vivienda), con unas relaciones inseguras o precarias. Las políticas neoliberales les somete a un proceso adaptativo de sometimiento con mayor o menor indignación y resistencia (individual o colectiva). Por tanto, la mayoría son clase trabajadora aunque tengan una mayor cualificación académica, un talante meritocrático y unas expectativas ascendentes (parcialmente bloqueadas), aunque subjetivamente una parte se pueda identificar como clase media. La línea entre clases trabajadoras y clases medias es difusa en relación con las relaciones objetivas, pero también subjetivas. Tiene un interés secundario.

La línea principal de diferenciación debería establecerse entre las capas populares (clases medias descendentes y clases trabajadoras -incluidas inactivas: estudiantes, amas de casa, pensionistas…-) y las élites dominantes junto con las clases altas y medias (media-media y media alta). Y ello da, aproximadamente, una relación de tres a uno. O sea, el grupo de poder dominante, amparado o sostenido por esas capas medio-altas apenas superan el 20%.

Pero la otra variable para conformar su comportamiento electoral o su sentido de pertenencia colectiva es el estatus social, nacional y cultural, conservador o progresista, autónomo respecto de su posición objetiva de mayor o menor subordinación o pobreza, que no revierte mecánicamente en una posición ideológica de izquierdas. O sea, las derechas también tienen un significativo voto de gente trabajadora.

El conflicto social en España en la última década ha tenido un perfil ‘popular’ frente al bloque de poder (amparado por sectores acomodados o ascendentes y capas trabajadoras conservadoras). Esta experiencia histórica de un masivo y diverso movimiento popular, con un electorado significativo y una nueva expresión político-institucional, los poderosos la quieren reconducir hacia la marginación de la capacidad alternativa de las fuerzas sociales y políticas de cambio. De ahí la relevancia de la articulación de sus actores, sus ejes discursivos y la vuelta al papel de la clase social (cuestión social y justicia social), desde un enfoque crítico, multidimensional y realista. En ese sentido, aparte de la diferenciación derechas / izquierdas (y los distintos nacionalismos), cobra relevancia la identificación diferenciada entre dos conglomerados sociopolíticos, aun con dinámicas transversales: la corriente socialista o las llamadas fuerzas del cambio. Se trata de evaluar sus especificidades y qué situación y qué procesos permiten su configuración diferenciada y su grado de permanencia autónoma.

Por último, y siguiendo a E. P. Thompson, para el análisis y la identificación de clase hay que valorar su experiencia sociopolítica y relacional respecto de otras clases y grupos sociales, las trayectorias comunes e intereses compartidos, así como sus procesos de diferenciación cultural en una visión más amplia que las relaciones de producción/reproducción (economía) y el comportamiento electoral (político-institucional). Así, la polarización en clases sociales, en una acepción más amplia, multidimensional y flexible de lo que denota ese significante convencional, debería incorporar al conjunto de la sociedad y sus estructuras sociales y familiares (y socioecológicas), sus variadas contradicciones y la diversidad de prácticas, conflictos, movilizaciones sociales y dinámicas socioculturales.

La cuestión de fondo es valorar el proceso de ‘formación’ del nuevo y plural sujeto (o actor) social y político, que es la incógnita principal de carácter estratégico a profundizar. La actual encrucijada histórica exige un análisis riguroso y una renovación teórica. Con la publicación del libro que se anuncia habrá ocasión de volver sobre ello.

Antonio Antón. Profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro “Clase social, nación y populismo” (ed. Dyskolo)  

http://www.antonio-anton-uam.es

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=259544

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