Cuatro negros pelagatos

Breves capítulos de la Revolución de Esmeraldas

 

 

 

La descolonización siempre es un fenómeno violento [1] .

Los condenados de la Tierra

Frantz Fanon

Capítulo 1

Entre Nuestra Señora de las Mercedes y Obatalá

Miércoles de madrugada, cuarto menguante filudo y prometedor, era el 24 de septiembre de 1913, prealba esperada hacía un siglo (o más) por sucesivos cimarronismos. O quizás no contaban en siglos ni años, porque las cuentas de los troncos familiares son en generaciones y en muertos que jamás alcanzarían descanso infinito mientras los días, de claro en claro, sean obligatorios por voces ajenas, razones impropias y opresiones sin fin. Miércoles de mitad de semana, día de Las Mercedes, Nuestra Señora. Hay una historia que se cuenta en capillas y círculos de devotos, en los días anteriores al 24 de septiembre. El boca en boca no olvida que la Virgen María se mostró el 1 de agosto de 1218, hace 800 años, a unos cuantos nobles catalanes para encargarles crear una congregación de piedad y consuelo con los cristianos cautivos, durante las correrías de comercio o conquistas, casi siempre lo mismo cambiando el orden. El santificado Pedro de Nolasco formó la Orden de la Merced como la cara linda de las corporaciones funestas del coloniaje. Los mercedarios llegaron a Abya Yala (poco después se llamaría ‘América’), por el siglo XVI, entre espadas, mosquetes y cruces colonizadores hablaron de un crucificado y el cambio ritual de las adoraciones de antes por estas que decían acceder al paraíso por la puerta delantera. La fe tenía un libro regente y mudo para ojos de otras miradas que leían cielos y aguas. A esos de aquí, nombrados con gentilicio equívoco, les ilegalizaron la fe en sus divinidades retratadas en piedras porque el libro ordenaba destruirlas. Y así fue.

De Puerto Viejo (actual ciudad de Portoviejo, Ecuador) los mercedarios hicieron sus viajecitos de redención a la Región de las Esmeraldas, donde ocurrían eventos de temprana resistencia y las proporciones mitológicas del nombre crecía río arriba de la historia hasta alcanzar las orillas de Etiopía o de Persia. Esa relación con las gentes esmeraldeñas, sin importar relevos generacionales, no terminaría nunca y a inicios de la construcción de la capital de la provincia de Esmeraldas, por 1860, en el centro urbano construyeron la iglesia de La Merced, el templo, con sus cambios, aún está ahí. Ahora se llama la Iglesia de La Merced.

Capítulo 2

El manto protector cambia de protegidos

No tienen ni tendrán crepúsculos las divinidades afincadas en procesos y leyes de la Madre Naturaleza, sus personalizaciones se acomodan al tuntuneo rítmico del corazón popular porque sus puertas carecen de hermetismos dogmáticos: la Virgen de las Mercedes es Obatalá, pero también al revés. Un ancho sincretismo, por el orisha es dueño de los pensamientos y los sueños; por la santa católica es la solidaridad y el amor. En esos sentimientos se unen sus caminos éticos. La Casa ceremonial de Obatalá es la Montaña Madre, el bosque cerrado o el agua transparente de los ríos. Los prodigios de estas divinidades son cotidianos, es por eso que el asombro de sus milagros no tiene registros de festejo.

El 24 de septiembre de 1860, Gabriel Gregorio Fernando José María García y Moreno y Morán de Buitrón con el ánimo de cogollo, por el triunfo en la llamada Batalla de Guayaquil contra el ejército del Perú dirigido por Ramón Castilla, que había cruzado la frontera para apoyar al General Guillermo Franco, titulado Jefe Supremo por ego y partidarios. “Su manto nos protegió”, debió decir Gabriel Gregorio y con el apoyo de la Convención Nacional la declaró Patrona y Protectora de la República y de sus Armas. Desbordado en agradecimiento hizo el compromiso sin fecha de caducidad de “celebrar su fiesta con asistencia de primera clase en la iglesia en que Aquella se venera”. Con la misma viada ratificó el tricolor gran colombiano y en el Artículo 12 de la Constitución de la república de 1861 la deja clara y sin dudas: “La Religión de la República es la Católica, Apostólica, Romana, con exclusión de cualquier otra. Los poderes políticos están obligados a protegerla y hacerla respetar”. Se quebró la fraternidad panteónica entre Obatalá y Nuestra Señora de la Mercedes. La primera se fue a las casas del fondo de las haciendas y la segunda tenía latidos aristocráticos en las catedrales de oro y piedra. Sin embargo, los tambores no sabían de esos conflictos raciales y sociales.

Algo debían conseguir con el chininín de religiosidad africana, quedada en el reconcomio con resolución y voluntad de vida, empalenkada en los mismos afanes de autonomía y liberación, cimarroneada con principios filosóficos asumidos desde esa existencia precaria y cierto jacobinismo de trasmano por conversaciones oídas y elaboradas a sus necesidades. El republicanismo haitiano rondaba por ahí, en las tardes muertas de las eternas garúas o en las humosas noches de cigarros curados debió corresponderle el tiempo de conversación. Ese bembeteo debió afinarse con palabras esenciales, llenas del axê motivador y santificador de todo acto emancipatorio que se produciría cualquier día en estos disputados espacios, más tarde se llamarían ‘territorialidad’. Había ocurrido con la llegada crucial a Portete y con cada nueva partida separadora de troncos familiares, de los más antiguos y los de ese preciso hoy. En las despedidas definitivas se ombligaba a niña o niño para que el simbolismo teológico de la nación y la familia jamás se agotara en su sangre. El ombligo conecta con la madre naturaleza, por eso se sembraba (o se siembra) debajo de un árbol. Apenas somos diferentes en la abundancia total. Oloddumare había dispuesto a Obatalá la conformación del cuerpo de los humanos con sus ánimas y ánimos, las incorporaciones de retazos teológicos de parientes recién adquiridos en la desgracia, llegados de otras naciones y la relación osmótica con los cristianismos (también con el Islam); toda esa quimisorción espiritual y religiosa, oralidad mediante y avatares modificadores del compromiso libertario, llegó hasta aquel miércoles 24 de septiembre de 1913, a ochenta pasos del templo mercedario.

Capítulo 3

El nsalá no fue alcanzado por maleficio alguno

Ese fue un día santo por cualquier costado, hiciera lo que se hiciera ese día no habría sal [2] que dañara trabajos y resultados, porque el nsala [3] no sería afectada por labores de maleficio y nada podría causarle estropicios a los propósitos del devenir. El 24 de septiembre de 1913 no fue fecha del azar de la historia, de coroneles descontentos o liberales irritados por la desocupación. De ninguna manera, había poderosas razones subjetivas desde aquella consagración de las armas ecuatorianas a custodia de la Nuestra Señora de las Mercedes hasta los últimos residuos congos o carabalíes sublimes en la gente negra de la costa Afropacífica, en esa creencia equivalente llamada Mama Kengue o sea Tiembla Tierra. O la asamblea parental en el patio donde las familias ampliadas convocaron a la sangre estirada sin que nunca se rompiera la ligazón. La analogía estremeció y metió candela donde no hacía falta. Obatalá es divinidad de paz y armonía, en su honor sus fieles se visten de blanco, es orisha dueño del talante tranquilo, del talento creativo, del respeto y amaina conflictos. Y sobre representa la justicia más amplia en contenido y cumplimiento práctico. Ese miércoles de santos contrariados, seco y de sol tempranero, nadie quería menos que el total de justicia reparadora.

Obatalá también detesta a quienes trabajan para dañar personas, sus recorridos por el tiempo santo son ambiguos: hombre y mujer. Aquel día (o por aquellos días) no le alcanzó paciencia y convencimiento para aplacar a su hijo Shangó (divinidad del fuego) ni a Oggum (orisha de los hierros y la guerra). La justicia, al menos la demandada por la comunidad cimarrona, no tendría otro camino que el filo vengativo del ádà [4] de Oggum. Las calmantes palabras Obatalá no tenían tierra fértil y sí aridez bendecida por palabras sinónimas de libertad. La palabra siempre tuvo nivel sagrado muy alto en las comunidades negras, la palabra tiene axê[5] . Ha sido así y continuó siendo así, porque sin palabra buena y verdadera no habría república de la vida y más bien sería el imperio de la muerte. En el Tablero de Ifá y en la Oralidad andante se comunica que “la verdad es la palabra que no daña”.

Capítulo 4

Horrenda exhibición de la venganza gubernamental

No era diluvio, aunque lo parecía, era el invierno de Esmeraldas con aguacerales parecidos a ríos invertidos, garúas interminables y soles fieros que secaban de golpe el suelo al menos la superficie pelada para caminar sin hundirse, en la hacienda San José, era enero de 1915, el coronel Carlos Concha estaba deprimido, además algún problema intestinal le agriaba el genio, no mejoró su humor con los mensajes llegados de Lima y dichos a viva voz por su hermano Julio Concha y una comitiva liberal ansiosa de una epifanía alfarista. El exilio antiplacista saludaba su lucha y la apoyaba con abundancia adjetivos, aunque el fervor de sus palabras poco ayudaba en la campaña militar. El coronel debió sentirse más abatido cuando comprendió el total derrotista de los combates de Las Piedras y La Boca, entre el 8 y 15 de diciembre de 1914. Mal terminaba el año. El hablador y bromista de antes, ahora contestaba forzado por el deber comunicacional y el cariño familiar; nadie le conocía risas en las últimas semanas. Una engañosa artritis, unos calambres estomacales y el sabor amargo parecían ser la física neurálgica de la depresión. El agobio por las dolorosas derrotas, por la cantidad de muertos en pocos días y sin ningún resultado favorable era sentido en el espeso silencio o en el monosílabo desganado.

No los vio, pero le contaron el lugar del horror: decenas de cadáveres de combatientes fueron expuestos en El Pampón, ese amplio espacio urbano a orillas del río Esmeraldas. Supo que los curiosos enfermaban de terror, asco y culpa; la pesadilla era completada con vuelos y aterrizajes de insaciables gallinazos. No lo dijo pero lo creía: fue una exhibición satisfactoria de venganza oficial, por fin obtenían un triunfo. Cuando creyeron que ya no había nada qué mirar, las tropas del Gobierno construyeron una macabra almadía con los cuerpos y los enviaron río abajo hasta el mar. Ni el riviel [6] volvería transitar por esas aguas maldecidas para décadas.

Notas:


[1] Los condenados de la Tierra. (2007). Frantz Fanon. Rosario, Argentina, p. 25. Fuente : http://www.elortiba.org/

[2] No hay referencia al mineral (cloruro de sodio), sino a la palabra conga nsala.

[3] El nsala, según la religiosidad yoruba y afroamericana (básicamente cubana), es el principio vital (o alma), asociado al aliento y a la sombra, se encuentra presente en todo el cuerpo, excepto en las uñas y en los cabellos. Consultado Culto bilongo, de Jorge e Isabel Castellanos, Cultura Afrocubana, tomo 3, Universal, Miami, 1992, p. 131.

[4] Machete en yoruba.

[5] El verbo sagrado de Olódùmàrè que mantiene las leyes físicas del universo y perpetúa su formación.

[6] Personaje de la mitología de la Costa Afropacífica, de Esmeraldas, Ecuador y la parte sudoccidental de Colombia. Guardián protector de la fauna de los ríos y del mar. Suele describírselo como un navegante errante en un bongo mocho (canoa de mayor calado y de menor dimensión), en la proa va un farol encendido con el cual advierte de su presencia. Inspecciona las canoas de los pescadores cuidando que cumplan con tomar la cantidad mariscos necesarios para su subsistencia y que sean especies adultas. No se acerca a viajantes, a la distancia se lo descubre navegando a gran velocidad.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=257212

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