Caos y transfiguración (II)

 

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Donde está el peligro está la salvación. Se exhibe una transparencia de la guerra que los pocos hacen a los muchos, de cómo defenderse y volver sus armas contra ellos usando los reflejos del dinero, la ingeniería del conocimiento y la economía del tiempoEn realidad los bancos ya se preparan para su gradual desaparición y transformación en otro tipo de entidades, no de forma muy diferente a cómo las grandes fortunas bancarias con nombres y apellidos del siglo XX se retiraron discretamente de escena; y esta metamorfosis tiene lugar ante nuestros ojos. Y no es que no se hable abundantemente de ello entre los conocedores y a menudo incluso en la prensa más bienpensante, así que no estamos diciendo nada extraño. Tan sólo ocurre que a todos nos cuesta imaginar lo que venga después.

Todo esto parece entrar dentro de la lógica horizontal o líquida de la expansión de flujos de capital, que parece oponerse a las demandas de contención y verticalidad que enarbolan las tendencias en favor de la soberanía. Parecería que esa lógica horizontal despliega ante nosotros el espacio natural en que habría de extenderse la democracia económica con más potencial para lograr una democracia real. Pero las cosas no son tan sencillas, y como no podía ser menos, la misma ley de distribución de riqueza de Pareto que antes comentábamos, esa ley del 80-20 en sucesivas potencias, aparece también en el tamaño de las entidades, los flujos de los agentes y las aportaciones a la inversión tales como la financiación colectiva. Si escogen bien sus intervenciones, unos pocos pueden llegar a tener más peso que todo el resto desorganizado.

Del lado de la política también están emergiendo con fuerza estas formas de financiación anónima de iniciativas y nuevos partidos que pueden parecer populares y ser algo completamente distinto. El potencial subversivo de esta infiltración del dinero oscuro en la política es cada vez mayor y este factor multiplicado por la instrumentación de todo el aparato digital y de formación de conciencia, desde los buscadores a las redes sociales pasando por las tecnologías financieras y la inteligencia artificial, arroja un resultado todavía más perturbador. No es de extrañar que se dispare la paranoia.

Los más paranoicos suelen tener un motivo adicional para serlo, y es que ellos han sido los primeros en usar esa panoplia de armas tanto en sus guerras de baja intensidad como en sus campañas relámpago, ya sean políticas, financieras o de divisas; y los grandes centros de poder norteamericanos dan buena fe de ello. “Solo el paranoico sobrevive”. La regla general sería “potenciar las leyes de potencias”, es decir, actualizar al máximo el poder de las presentes estructuras para hacerlo efectivo, para hacerlo valer. Tampoco ha sido tan diferente en el pasado, y sólo así se explicaría el incomprensible fenómeno de que en pueblos depauperados salgan elegidas, o al menos eso dicen, opciones políticas que desprecian abiertamente la situación de las mayorías. Aunque seguramente hay también algo más.

Se ve entonces que no basta decir “somos mayoría” o “somos el 90 por ciento”, o “somos el 99 por ciento”. Está claro que la estimación cuantitativa es muy insuficiente y, como dice Recio Andreu, hay que tener en cuenta la estructura, la dinámica pasada y las alternativas presentes. Una medida como la eliminación del dinero por reserva fraccionaria cambiaría a la vez desde arriba y desde abajo la estructura, y sobre todo el sentido de la dinámica pasada, la dirección del flujo en esta gigantesca bomba de succión. El dinero soberano tendría de inmediato efectos profundos tanto en lo político como en lo económico; y también daría un vuelco completamente inesperado al sentido político del nacionalismo y el soberanismo, en España, en Europa, y en cualquier parte del mundo.

Ahora bien, si el dinero soberano no está en las agendas de los partidos políticos actuales, ¿cómo puede prosperar su demanda? Las primeras avanzadillas en países como Islandia o Suiza han tenido lugar por iniciativas de la sociedad civil, y es de esperar que siga siendo así hasta que el tema experimente una mutación y atraiga la atención de otros actores. En su favor juega, precisamente, que es casi la única alternativa importante que queda y que no se ha puesto en juego nunca, que es realmente inédita; y este sistema tiende a agotarlo todo y a exprimir hasta la última posibilidad. Y eso mismo es lo que tiene en su contra.

Medidas como la renta básica no son cosas inéditas sino una amplificación de los subsidios intentando resucitar el viejo estado del bienestar. Pueden ser mejores y más eficaces que inyectar dinero en cantidades ingentes para inflar títulos y activos, pero nuevas desde luego no son, y en cualquier caso se pondrán siempre al servicio del pago de la deuda. Se trata de tratamientos paliativos ya parcialmente ensayados y que a pesar de sus buenas intenciones tienen un inconfundible aire de derrotismo y de claudicación. Sin embargo se seguirá proponiendo como alternativa porque aún se les reserva un papel que jugar.

Como decían los viejos alquimistas y muestra tan bien nuestra historia, hay una querencia del volátil por el fijo y del dinero por el estado no menos que hay oposición. Es decir, las alternativas y lances se suceden no sólo por la oscilación de las circunstancias externas sino también por una interna indeterminación. Como el mercurio y el azufre, como los dos ejes de nuestras coordenadas, como el agua y el fuego, como el zorro y el león, la liquidez busca seguridad y los activos acumulados buscan liquidez porque es la única forma que tienen de ser valorizados. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, sí, y del aire es de donde vuelve a caer.

El estancamiento secular con crecimiento episódico en la era de los rendimientos decrecientes empuja a los inversores a forzar sus apuestas en todos los campos y esto ya está haciendo mella en la política con su propio problema de agotamiento de propuestas. La tentación de viralizar y hackear la voluntad popular de estados enteros adquiere una fuerza aún más respetable cuando uno ni siquiera se tiene que manchar la punta de los dedos. Pero la rentabilidad decreciente también hace presión para que se transformen las formas y estructuras de producción de la llamada economía real.

A estas formas y estructuras le caben básicamente dos alternativas: o bien optimizar para el beneficio las estructuras presentes altamente diversificadas pero centralizadas tal como hacen las grandes firmas tecnológicas, o bien crear otras enteramente diferentes, más descentralizadas y horizontales, en los que el beneficio inmediato no sea el único criterio. Naturalmente también existe una fuerte propensión de las compañías de estructura vertical a absorber y subordinar a las segundas mediante compra directa o indirecta por participación.

Para abreviar, y si es posible tener algo de claridad dentro de esta indescriptible confusión, a los intereses realmente más horizontales e igualitarios les interesa reivindicar como prioridad absoluta el establecimiento del dinero soberano, y hacerlo tanto por la vía política como la económica extrayendo fondos suyos del sistema, que a su vez pueden servir para impulsar la iniciativa con independencia de otros intereses que siempre querrán reconducirlos a sus propios fines. Si algo tan dudoso en todos los sentidos como la salida de la Unión Europea se consiguió con una campaña de siete millones de libras esterlinas, sería absurdo desesperar de poder llevar adelante reivindicaciones como ésta.

Sólo espera su oportunidad, aunque no hay que quedarse esperando a que la oportunidad llegue. Todo un veterano como Miguel Ángel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España entre el 2006 y el 2012, daba una charla hace sólo un año titulada “El futuro de la banca: dinero seguro y desregulación del sistema financiero”. Era una propuesta de dinero soberano que se circunscribía a los puntos más fundamentales de lo que él entendía como un cambio a un sistema completamente diferente. Ordóñez se negaba razonablemente a hacer de esta medida una panacea para todos los problemas que nos aquejan pero lo que dijo no tenía desperdicio.

Esto nos hace ver que las mentes más sensatas están considerando esta posibilidad, lo que tendría que bastar para prestarle atención. El caso es que aquí el dinero soberano se solapa con la introducción del dinero electrónico, lo que aún hace más necesario extremar la alerta. Donde está el peligro, allí está la salvación —y viceversa. Los primeros bancos centrales del mundo, el Banco de Suecia y el Banco de Inglaterra, ya llevan tiempo estudiando detalladamente la cuestión y dedicándole programas y comisiones de investigación. En el caso del Banco de Inglaterra, ese programa plantea el análisis de 65 puntos, en absoluto aspectos técnicos triviales. Por el contrario, se trata de una hoja de ruta que da una idea de aspectos vitales que pueden convertirse en otras tantas bifurcaciones para bien y para mal. Seríamos necios sin remedio dejando esto sólo a la banca y empezando a largar sobre el fetichismo del dinero.

Ordóñez da sólo algunos ejemplos de estas cuestiones, como a quién ha de entregarse el dinero emitido. ¿A los gobiernos, o a los ciudadanos? ¿Con qué discreción? ¿Cómo responderá el crédito sin subsidios al endeudamiento? ¿Cómo se verá alterada la política monetaria si los tipos de interés los fija exclusivamente el mercado? Estos dependerán exclusivamente del acuerdo entre quienes prestan y quienes deciden endeudarse. Al separar el dinero de todo el sistema financiero, la banca en la sombra desaparecerá siempre y cuando no existan regulaciones. O algo de extremada importancia, ¿cómo se producirá la transición? Y es que los términos de la transición definen también los riesgos de una cristalización que puede ser prácticamente irreversible.

Habría muchos otros temas verdaderamente fundamentales que tratar. Por ejemplo, el del consentimiento; ahora el dinero que uno deposita se presta para cualquier otro fin, váyase a saber cuál, sin consentimiento de su titular, pero en un sistema trasparente no habría préstamos sin consentimiento entre las partes. O que haya asunción de riesgos tanto para las ganancias como para las pérdidas, cuando ahora se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas. Además los bancos nunca se dejan la piel en el empeño, puesto que casi todo el dinero que usan no es de sus accionistas. En definitiva, a pesar de la presunta complejidad del tema es bien fácil ver que de lo que se trata es de cambiar por completo las reglas del juego que hoy conceden a los bancos unos privilegios y ventajas inconcebibles, no ya en una sociedad racional, sino en una medianamente razonable y eficiente.

Esto no son remedios paliativos para apuntalar el sistema, esto es una transformación de arriba abajo y en profundidad, con temas mucho más fundamentales y de más alcance que los que hoy presentan los miserables programas de los partidos políticos; pero justamente lo primero que se echa en falta es más conciencia e implicación ciudadana. Claro que aquí nos espera el gran cruce de caminos: la soberanía monetaria es un asunto exclusivamente político, la liberalización del crédito es una cuestión de actividad y empeño económicos. La conciencia y la implicación deberían afectar simultáneamente a ambos factores.

Este diametral cruce de caminos provoca perplejidad y estupefacción en todas las orientaciones políticas y es como si dijéramos el fiel índice o signatura del caos al que nos acercamos. Pero al menos nos da unas coordenadas para enfocarlo con nuestra propia mirada en vez de ser tragados por el torbellino. Si Fernández Ordóñez se muestra exquisitamente circunspecto en su visión del tema, yo por el contrario quisiera tratar, por amplificación, de cómo trasciende la coyuntura y nos permite ver en ésta un guiño de algo más intemporal.

Si el dinero fuera sólo un símbolo, aún sería un símbolo completo y conectado a todo le demás; si fuera sólo un velo de la actividad, bastaría levantar con presteza un cabo de ese velo para tener un vislumbre fugaz de una totalidad que siempre es más cercana e inasible de lo que creemos. Pero sabemos que el dinero es también otras cosas, sabemos que tiene una estructura, comporta una dinámica, y aún tiene por delante poderosas alternativas. Es no sólo instrumento supremo de dominación sino también su más secreto prestigio.

Si la simplificación radical del dinero soberano no fuera acompañada de la desregulación del crédito, el potencial igualitario de la medida sería encauzado de inmediato por otras estructuras jerárquicas, ya sean los bancos actuales con su sistema, ya fuera con una banca nacionalizada que desde luego ahora nadie espera. Por más opuestos que parezcan, ambos nos llevan a la dependencia.

Dado que nunca se comenta, es oportuno recordar que los países socialistas nunca transformaron el sistema “burgués” de reserva fraccionaria y que la asignación de recursos por planificación fue siempre algo centralizado y jerarquizado. Y esto, y no ataques externos, es el meollo por el que se anquilosó primero y luego se descompuso toda la sociedad soviética. Sin las presiones financieras de la globalización, se desaprovechó la soberanía y se despreció la participación democrática, y el resultado fue otro proyecto más en el cubo de basura de la historia. Ahora, en condiciones mucho más apremiantes, los que estamos en la lista de espera somos nosotros, tanto los países occidentales como China, Japón o la misma Rusia.

Si por el contrario se consuma la desregulación del crédito que ya ha ganado mucho terreno con la banca paralela, pero no se alcanza la soberanía monetaria, ¿qué pasaría? Puesto que ahora mismo casi nadie espera que se adopte esa medida, el resultado sólo puede ser… la deriva actual con su casi total incertidumbre para el futuro. Pero si el trilema del mercado, la democracia, y la soberanía nos habla tan claramente de la libertad, la igualdad y la seguridad, el énfasis ante la creciente incertidumbre pasará necesariamente por la demanda de seguridad, que es lo que está trastornando el panorama político y no ha de dejar de afectar a los mercados si flaquea la supremacía del dólar.

Si la incertidumbre va en aumento, el valor en alza, tanto en los mercados electorales como en los financieros, sólo puede ser la seguridad. Y esto es lo que provoca el giro cada vez más conservador que se aprecia por doquier, tan difícil de controlar como el miedo. ¿Qué productos sacarán estos mercados para satisfacer esa creciente demanda? Ciertamente la soberanía monetaria daría seguridad interna a los diferentes países —Ordóñez llama al dinero soberano dinero seguro- si no fuera por el temor a los ataques y represalias del centro del imperio. Pero en algún momento no tan lejano pueden empezar a pesar más las razones internas, dependiendo de cómo se planteen las prioridades de la economía y la tolerancia a los sacrificios. O uno se sacrifica a sí mismo a su manera, o es sacrificado por otros. Naturalmente hay muchos otros factores que aquí es imposible abordar.

Tiene que venir alguien como Wolfgang Streeck, curtido en una de las más prestigiosas instituciones alemanas, para que la idea de salirse del euro no parezca un pataleo retrógrado. Esto sólo abunda en los problemas que la gente que se considera de izquierda tiene con la soberanía y el nacionalismo. Y sin embargo es fácil ver que la soberanía monetaria plantea un escenario completamente diferente, en el que la demanda de autodeterminación no es excluyente ni hostil a la autodeterminación en otros estados —no es un cierre ideológico-, sino más bien todo lo contrario. Son las oligarquías las que se abonan a bazas nacionalistas mientras apuestan por la actual deriva heterónoma: ése y no otro es el nacionalpopulismo regresivo. Hay que tomarse en serio esta bisagra entre los aspectos más legítimos de la soberanía popular nacional y el internacionalismo.

Lo mismo vale para el tema, tan ligado a la soberanía, de la inmigración. Ni se puede negar que ello supone una tremenda bomba de tiempo, ni se puede dar la espalda a los problemas que existen en los países de origen. Y desde luego, tampoco es deseable optar por vergonzosas estrategias neocoloniales como las que barajan las pequeñas potencias europeas. Hay que apostar decididamente por la soberanía monetaria para ellos igual que para nosotros, puesto que es la única forma de que los pueblos comiencen a tomar el destino entre sus manos.

Finalmente esto es válido para las relaciones del resto de los países con los Estados Unidos. Desde un punto de vista moral, la demanda por la soberanía monetaria no se puede aplastar fácilmente. Intentar sofocarla en otros países le puede suponer finalmente un coste imposible en términos del crédito que este país recibe desde fuera, así como del crédito que recibe entre sus propios ciudadanos. Aunque las fuerzas que lo dirigen no tengan el menor escrúpulo, la fuerza de la opinión sí, y aquí estamos tocando una fibra particularmente sensible del imaginario americano. Hasta el diablo necesita su pequeño diez por ciento de buena fe para existir —de otro modo no sólo se separa del bien y del mal, sino también del Árbol de la Vida.

Europa no puede refundarse sin la destrucción de la actual Unión Europea y sus completamente viciadas estructuras y dinámicas. Se ha dicho sin descanso que la unión monetaria europea no podía funcionar sin una armonización progresiva y unificación de las políticas fiscales; pero mucho antes de esto, el suelo cero por así decir de la unificación monetaria, previa a cualquier política fiscal, es la destrucción del sistema de reserva fraccionaria. Esto dotaría a cada país de otro margen de maniobra y de un terreno común de entendimiento incluso manteniéndose cada cual dentro de su propia moneda. El cambio real sólo puede producirse desde el interior de cada sociedad, no por ordenamiento supranacional. El experimento actual debería darse ya por fracasado para pasar lo antes posible a otro escenario.

No salimos del tema de la presión externa y la tensión estructural, del agua y el fuego, de la sagacidad de los mercados y de la voluntad política, del zorro y el león. Y si el Banco de Inglaterra, donde el león siempre fue detrás de la raposa, no se ha atrevido a plantear ese cambio radical, es obviamente por su identificación a muerte con los intereses de los más beneficiados por el viejo sistema dentro y fuera de la isla.

Y aun así nos llegan noticias de que incluso gente como Martin Wolf, jefe de economía del Financial Times, ha defendido esta medida, como lo hicieron en algún momento de su carrera célebres economistas de Chicago como Irving Fisher e incluso Milton Friedman; nombres e instituciones que inspiran un justificado temor y temblor. ¿No es esto de lo más inquietante?, se pueden preguntar muchos. Y sí, es inquietante, pero no por que lo considere Wolf, algo después de todo normal. Lo que es inquietante es que no acertemos a dedicarle un mínimo de tiempo nosotros, los que tendríamos que ser los principales beneficiarios.

Si estos y otros especialistas más que integrados en el actual sistema han considerado la cuestión y algunas de sus variantes no es porque pudiera beneficiar directamente a los bancos, lo que no es ciertamente el caso, sino porque contemplan su carácter dual: del lado de la creación del dinero se simplifican enormemente las condiciones y la estabilidad, y el sacrificio de poder y ventajas puede recuperarse tal vez con creces en un territorio mucho más libre de reglas para el crédito. Y después de todo ya se ve que la banca emigra decididamente en esa dirección. Ellos también tratan de ver el tema en su conjunto y no como una medida aislada; pero la legitimidad de la “medida aislada” está fuera de cuestión. Es el sistema actual el que no es legítimo, en espera de que el pueblo lo recobre para sí.

Aunque pueda producirnos miedo, lo que esto indica es que también la lógica horizontal de los mercados está aquí al acecho y en espera del momento adecuado para entrar. Pero sin el concurso del agua y del fuego, del mercado y el ejercicio de la soberanía, es imposible cocinar este plato. Lo que decanta la balanza en el resultado final no es otra cosa que el grado de participación popular, de democracia, pero no en el sentido gastado que ahora tiene. Hablamos de la democracia económica, del protagonismo de individuos y comunidades en el destino del dinero, en esas nuevas entidades que están llamadas a suceder a los bancos.

Retomando la pregunta anterior, en el caso de que a los pueblos, que no a los estados, se les niegue la soberanía monetaria y el dinero seguro, ¿dónde hallar un simulacro de seguridad? No hablamos ahora de políticas fiscales y redistributivas, que siempre aspiran a tener un papel estabilizador aunque son de suyo tambaleantes, sino de la base del sistema y su relación con los mercados. Una posibilidad ya en piloto automático es que el actual sistema de creación de dinero bancario consiga evacuar suficiente dinero en efectivo y se generalice un tipo de dinero electrónico que en nada cambie la situación de las cosas pero que aún haga más invulnerables a los bancos.

Esta es una de las perspectivas más sombrías, pero, aunque tenga a la deriva presente en su favor, no parece tener mucha viabilidad la vendan como la vendan. Sí los bancos consiguieran ser invulnerables sin tener que contar con nadie, lo único que podríamos esperar es su beneficencia a cambio de nuestra servidumbre; concesiones tales como la renta básica a cambio siempre del pago de la deuda y un goteo desde arriba que en realidad les costarían poco menos que nada porque sólo ellos controlarían el fondo indeterminado del valor nominal y los activos además de todos nuestros datos. Sinceramente, me niego a creer que podamos terminar así, y aun si llegáramos a esto, también me niego a creer que pudiera durar mucho.

Frente a esto parece mucho más verosímil una visión como la de Ordóñez, en la que el dinero electrónico llega a ser el dinero legal sin más y el crédito queda liberado para todo tipo de entidades e instituciones, a las que ya va emigrando el dinero en y de los bancos. Sin embargo la posibilidad del “campo de concentración financiero” no se puede ignorar, no sólo porque no dista tanto de la situación actual sino también y especialmente porque puede llegar bajo un disfraz, incluido el del dinero soberano.

La simple caracterización (dinero seguro + crédito libre), que también podemos llamar (dinero neutral + crédito libre), pensada sobre todo para el dinero electrónico y un máximo de liquidez, y que por supuesto no excluye en principio la coexistencia con el dinero físico, tal vez nos dé una idea falsa del conjunto haciéndonos pensar en su total separación. Esta claro que si sólo existe dinero legal la creación del dinero y la asignación del crédito quedan netamente separados en claro contraste con el sistema actual. Pero aún permanece abierto un frente tan vasto como el valor nominal de la moneda legal y su relación con los bienes, los activos u otras monedas, es decir, con el mercado. Puesto que ya el crédito encarna aquí al mercado, tendríamos que hablar, más bien, del producto de estos dos factores. Seguramente no hay un punto final en su dialéctica, lo que no quita para que suponga una impensada desgarradura en la trama actual.

Hay que poder ponerse en el peor de los casos, y en cómo los poderes privados podrían hacer de algo público un mercado cautivo —como ya ha sucedido tantas veces-, para abarcar cabalmente el círculo completo de posibles situaciones. Y esto por todo lo contrario al derrotismo. Para intentar hacer las cosas bien hay que ver todo lo que puede ir mal; y desde luego, nadie pensará que la banca va a soltar parcelas de poder de cualquier manera. Si somos capaces de imaginar a los mismos poderes de siempre después del cambio de escenario más radical, habremos aprendido algo de la historia y estaremos un poco más a la altura de las circunstancias.

Con las turbulencias en aumento sostenido, resulta más que conveniente crear colectivos y observatorios para estudiar detenidamente toda esta nueva constelación y el nuevo espacio de acción que abre. No sólo para analizar los distintos puntos sino para intentar recomponer continuamente la perspectiva del inasible conjunto y poder sacar conclusiones mejor fundadas. Y desde luego como más se aprende es experimentando y creando comunidades con una moneda propia. El asunto es de mucho calado y cuando llegue el día no perdonará la improvisación.

Los poderes actuales necesitan desesperadamente renovarse y no quieren perderse ninguna oportunidad. Cualquier cosa que se les antoje “revolucionaria”, el primer impulso es comprarla, y esa primera reacción es la que cuenta, aunque luego no se use para nada; se trata, como mínimo, de tener “una opción de compra”.

Por otro lado incluso a un observador poco informado que se detenga un momento le salta a la vista que aquí hay espacio libre para la acción, y de esto hay una necesidad aún más desesperada; como salta a la vista que puede aliviar la presión externa de los mercados y la tensión interna de las estructuras. Sólo que el coste en transferencia de poder es tan alto que tendría el lugar reservado a los últimos recursos. Ahí es donde la iniciativa pública ha de actuar.

Cuando hablamos de soberanía monetaria y del miedo de cualquier país a ser el primero en desafiar al sistema de reserva fraccionaria por temor a las represalias —y contando con que la Reserva Federal ya tiene su propio sistema de vasos comunicantes, la pregunta naturalmente es quién le pone el cascabel al gato. Pero mucho antes de que haya un país que de el primer paso, ya hay criptodivisas que suponen experimentos en vivo y en tiempo real con los tres componentes del trilema: con la participación de sus miembros, la interacción con el mercado, y la autonomía frente a éste.

En efecto, si el mercado global tiende a subvertirlo todo, y no queremos sacrificar la participación popular, la única forma de ganar soberanía es dándole la espalda en alguna medida a los mercados. Se dice, por ejemplo, que China no puede renunciar ahora a los mercados internacionales y en esas condiciones sólo puede hacerlo a expensas de la distribución de poder y en favor de su concentración —pero sabemos que la situación de los países occidentales no es muy diferente en esto último, sólo que con mucha menos soberanía. En cuanto a los Estados Unidos no hace falta decir que el no sacrificar los intereses imperiales, que tienden a identificarse con el mercado global, también tienen un enorme coste en términos de autonomía.

Ya hay criptodivisas que quieren ser un soporte para la autonomía de una comunidad y se niegan a que su valor dependa de la cotización en los mercados; se trata de monedas que intentan favorecer el valor de uso sobre el valor de cambio. A un nivel tan modesto como se quiera, son las primeras vallas que se levantan a la lógica horizontal del dinero desde el dinero mismo, y pensando en otra cosa que el dinero. En definitiva, son los primeros experimentos de soberanía monetaria a una escala reducida pero con un alcance trasnacional.

Si por un lado la creación de dinero como deuda es ya una invitación irresistible a la creación de burbujas, por otro lado la concentración del poder económico conduce a la reducción de costos y salarios para compensar la pérdida de rentabilidad. Esto crea simultáneamente pérdida de demanda, aumento de capacidad ociosa y búsqueda de mayores ganancias en el casino financiero global. Son algunos de los rasgos característicos del estancamiento secular que ya analizó Steindl ya hace casi setenta años y que a pesar de la gran diferencia de condiciones siguen manteniendo mucha de su vigencia.

Esto plantea el tema inmenso de la inversión de las actuales tendencias inversoras, es decir, “la inversión de la inversión” en su actual tendencia patológica crecientemente desligada de la economía y las necesidades reales. Esta dinámica no sólo desatiende muchas necesidades e intereses prioritarios sino que además destruye activamente las resistencias puramente defensivas que se le oponen. Y el dinero soberano es la forma más legítima tanto de rechazar la dinámica de deuda y burbujas como de oponer muros de contención para atender las prioridades de las comunidades más diversas.

Es autoevidente sin más: todo empieza por neutralizar el dinero haciéndolo completamente independiente de cualquier expectativa de beneficio o especulación. No faltarán interesados que digan que un dinero realmente neutro sería algo “muerto” o incluso “tonto” desde el punto de vista de la inversión; pero es muy fácil ver que sería todo lo contrario, sería un dinero mucho más sensible e imparcial si no está sobredeterminado con los tipos de interés del ente emisor que aún incentivan más la especulación y crean una dinámica adictiva. Este sería la precondición indispensable para un cambio de tendencia en la inversión.

Las expectativas de resultados pertenecen por el contrario al lado del crédito y la inversión. Si el beneficio puramente cuantitativo o ganancia de una ventaja cambiaria siempre pide desregulación, no se puede pedir luego regulación o discriminación contra las entidades que optan por poner sus propias condiciones al mercado porque eso ya forma parte de la misma diversidad de opciones del mercado. Si se desregula y deja hacer tiene que ser para todo el mundo.

La gran concentración de dinero del mercado especulativo es justamente la de la gran desigualdad de riqueza, lo que hace igualmente desigual la concurrencia. Las medidas y muros de contención impuestos por las propias comunidades a la lógica disolvente de los mercados especulativos es la única forma positiva de invertir la tendencia de la búsqueda de máximo beneficio y de escapar de la planificación central. Hay muchas más necesidades que no se rigen por la lógica del máximo beneficio que las que se rigen por él: de lo que se trata es de que las comunidades tengan formas de atenderlas en lugar de delegarlas en unas compañías o un estado con otras prioridades.

Es en esta dirección, desde lo terciario a lo primario, que deberían evolucionar las cosas, en lugar de la omnipresente terciarización de la economía de servicios moderna que lo desnaturaliza absolutamente todo. Si esta economía de servicios se ha extralimitado hasta lo absurdo es porque aún no hemos encontrado un bucle de realimentación adecuado.

Sería un error pensar que esto es una retirada hacia lo particular. La mostrenca deriva del mundo es lo particular; lo universal sólo puede plantearse en tanto que algo tiene fuerza para apartar el imperialismo del contexto y sustraerse a esa corriente que lo arrastra todo. Char habló de la soberanía de poder cerrar los ojos, y la gente buscará las criptomonedas y las comunidades de base por un montón de motivos diferentes, pero en cualquier caso no tanto por cuestiones de identidad como para defenderse de cosas como el acoso de la opinión y los mercados, la vigilancia permanente y el comercio con sus datos —las cosas menos universales que existen.

Las criptomonedas privadas y comunitarias, están en etapa de plena experimentación y cada cual tiene su propia política de prioridades; no es lo mismo la divisa que pueda emitir un banco que la creada por un colectivo de trabajadores que quieren reactivar un polígono. Si por un lado está la situación del dinero legal del estado, por otro está la política de convertibilidad, de cotización en el mercado de divisas, si está basada en el número limitado y en la administración de la escasez o está respaldada directamente por el trabajo, etcétera. Aunque se trate necesariamente de ensayos a pequeña escala, cualquier experimento es escalable y puede ser adoptado en todo o en parte por otras comunidades. Si la lógica de la diversificación jerárquica en las grandes compañías es la extracción de valor, aquí es por el contrario su creación y difusión.

Nada es nuevo en este mundo, sólo cambian las circunstancias; y las tecnologías son sólo una circunstancia más. Hasta mediados del siglo XIX los bancos emitían su propio dinero-papel, y fue por entonces cuando la emisión pasó a depender de los bancos centrales. Las rudimentarias técnicas analógicas de contabilidad de la época fueron cómplices del estiramiento de la masa monetaria para el crédito que tan a menudo terminaron de la peor manera; y estas mismas limitaciones técnicas de la contabilidad fueron la mejor excusa para bloquear las propuestas de terminar con el sistema de reserva fraccionaria en tiempos de Roosevelt.

Hoy sin duda las tecnologías no son un problema, así que esa excusa ha dejado de existir. En cuanto a la coyuntura actual y de los próximos diez años, probablemente aún sea más complicada y difícil de revertir que en los años treinta. Sin embargo lo verdaderamente llamativo de este giro es que de alguna manera estamos hablando de aprovechar un impulso tecnológico para viajar en el tiempo e intentar cambiar nuestro presente actualizando un preterible; del mismo modo que pensamos en aprovechar la extrema volatilidad de la transmisión electrónica para consolidar un “dinero seguro”, “soberano”, y “legítimo”.

Klaus Schwab expresó famosamente en el foro de Davos de 2018 que “la línea de la división de hoy no está entre la izquierda y la derecha políticas, sino entre los que abrazan el cambio y los que quieren conservar el pasado”, lo que sólo puede sonar como una suerte de conminación de las élites. Pero la realidad presente es mucho más complicada, puesto que ya estamos intentando utilizar el impulso hacia el futuro para conservar el pasado, y esta tendencia contradictoria no dejará de agudizarse con la crisis. El que tiene setenta años quisiera volver a tener quince sin renunciar a lo que ha aprendido; seguramente eso es un imposible biológico y biográfico. En la historia, sin embargo, parece que las únicas opciones que pueden recuperarse son las que nunca fueron tomadas, como si su pasada ausencia les abriera un hueco en el presente.

¿Cuánto hay de deriva inerte y cuánto de impulso real en el movimiento acelerado del presente? En una cuestión tan abstrusa como la que en su día sostuvieron los físicos a propósito de la fuerza viva y la inercia, que aún hay quien dice que nunca fue correctamente planteada. Pero, en la eterna indeterminación del momento presente, uno diría sin pensarlo que sólo está vivo aquello que es capaz de cambiar lo que parece inevitable. El futuro inevitable de estas élites autoelegidas nunca tuvo menos tracción ni menos fuerza viva.

¿Cómo calificar políticamente una medida como el dinero soberano? ¿Es “liberal” el dinero neutral? ¿Es “conservador” el dinero seguro? ¿Es “progresista”? ¿Es “igualitario”? Parece las cuatro cosas de forma manifiesta y positiva; y tal vez sea porque resulta tan difícil de capitalizar en exclusiva que los partidos no muestran demasiado interés por el asunto. Claro que encomendar hoy una idea a los partidos es la mejor forma de arruinarla.

Si los políticos hoy no tienen ninguna capacidad de limitar a los poderes financieros, las barreras tendrán que ponerlas de alguna manera los mismos agentes interesados; pero es evidente que en muchos terrenos no pueden jugar mano a mano con los monopolios tecnológicos. Las células y redes autónomas con sus propios medios financieros están llamados a jugar un gran papel de protección de prioridades, drenaje de recursos, desvíos a sanciones y organización de iniciativas políticas, y entre éstas se encuentra la demanda de que el estado no evada sus responsabilidades en la cuestión de la soberanía digital y las políticas de datos.

El mismo equipo de campaña de Trump, que pone el grito en el cielo por el “comunismo” de Sanders, considera ahora mismo nacionalizar la inmensa red de infraestructuras que deben soportar la 5G argumentando que se trata de evitar el espionaje chino; otra buena prueba de que al imperio no le importa sumar contradicciones cuando de lo que se le trata es de mantener su posición, además de ser una nueva demostración inequívoca de una economía de guerra. Ahora bien, no hace falta decir que la medida en sí misma es completamente legítima; lo que ya sería doblemente ilegítimo es si los Estados Unidos se opusieran a que otros países hagan lo mismo. Esperemos que todos los estados del mundo tomen nota.

Si las criptomonedas dependen ante todo de la encriptación, aún cabe plantearse hasta qué punto la soberanía monetaria es dependiente de la soberanía digital, y viceversa, puesto que ambas pertenecen a una misma esfera. Las medidas conducentes a la soberanía monetaria tienen que contemplar necesariamente las políticas de datos, y a su vez amplían el margen de maniobra para nacionalizar las infraestructuras. Todo esto tendría que suponer un giro decisivo.

Como nos recuerda Evgeny Morozov, desarrollar algoritmos de búsqueda no es un ningún problema y Google ha inventado mucho menos de lo que se cree; la auténtica diferencia estriba en disponer de los datos, y esto debería ser una cuestión política y legal antes que comercial. Hay tres situaciones posibles: seguir colonizados como ahora, permitir la posesión y venta de los datos, o permitir sólo la posesión pero no la venta. Cualquiera de las dos últimas es preferible a la primera, aunque la tercera parece más lógica si se tiene en cuenta que los más necesitados de dinero son los que menos interesan a unas compañías que se supone están al servicio del consumo.

Son los Estados Unidos los que están rompiendo una tras otra las reglas internacionales ya dictadas en gran medida por sus propios intereses además de iniciar de forma abierta y encubierta las hostilidades. En algún momento habrá que pasar a tomar la iniciativa, porque son ellos, y no el resto del mundo, quienes tienen más que perder. Es el mundo el que sustenta el excederse americano, no al revés. No es nada difícil dejar de suministrarles datos y comprarles dólares, sólo se trata de cambiar la tendencia; y cuando esa tendencia cambie de manera firme y justificada con hechos, nada la detendrá.

Si se nacionaliza la creación del dinero y las infraestructuras de red además de recuperar el flujo de los datos, se invertirá decididamente la tendencia a privatizar los bienes públicos y el persistente plan para desmantelar los estados y dejarnos a merced de las corporaciones sufrirá un revés decisivo. Ya que se nos ha hecho durante tanto tiempo la guerra, adoptemos también nosotros una economía de guerra, si es que no queremos seguir siendo despedazados. En general hablamos de medidas estrictamente defensivas.

En cuanto a la coexistencia de una moneda legal nacional o plurinacional de dinero seguro —sin reserva fraccionaria- con otras muchas monedas que sí pueden estar implicadas en el crédito y la economía productiva, aunque en un principio parezca contradictorio todo depende de cómo se articule la conexión y la convertibilidad; pero si de lo que se trata es de garantizar la tan reclamada resiliencia, esta debería ser la ruta natural. El terminar con la reserva fraccionaria de ningún modo excluye monedas complementarias, locales o privadas; y de hecho éstas tendrían que contribuir a la recuperación de los espacios públicos perdidos con un espíritu nuevo.

Los principales beneficios de terminar con la reserva fraccionaria que veía Fisher eran: (1) Mejor control de las fluctuaciones de los ciclos de negocios debidas al crédito bancario (2) Eliminación total de las ejecuciones bancarias (3) Reducción dramática de la deuda pública neta (4) Reducción dramática de la deuda privada, si la creación del dinero ya no depende intrínsecamente de la deuda. Kumhof y Benes, en su informe al FMI, añadían a estos cuatro grandes avances ganancias productivas cercanas al 10 por ciento.

Todas estas ventajas ya compensarían sobradamente los inconvenientes de una “economía de guerra económica”. Incluso en los casos en que no se puede encontrar un recambio inmediato en otros mercados para las exportaciones a EUA. En cuanto a las importaciones, hay muy pocos productos para los que no pueda encontrarse otro proveedor provisional, y en cualquier caso es beneficioso para la economía de cada país buscar mayores cotas de autosuficiencia. Y, por supuesto, también están Rusia y China como socios.

Si los estados europeos adoptan con decisión la vía de la soberanía y la liberación —y la fuerza de esa decisión depende de asumir esas medidas monetarias y en la economía digital, habrá que ver cuál es la reacción estadounidense. No es imposible que la agresividad de su actual política comenzara a ceder y se empezaran a adoptar actitudes más dialogantes; pero incluso en el caso de precipitar una carrera de hostilidades tal como las que ahora sufre Rusia, tampoco es para echarse a temblar. Las consecuencias de no hacer nada ya son de hecho peores, y si pensamos a más largo plazo, mucho peores sin comparación. Porque, aparte de las consecuencias, y de la dignidad, también perdemos nuestra más íntima oportunidad.

“Anyone but China” —cualquiera menos China- susurran los hipnotizadores americanos a sus pacientes europeos; pero la falacia no puede ser más grosera. China no puede aspirar a ser un imperio mundial porque el conjunto de su impermeable cultura e instituciones no pueden ni remotamente imponerse al resto del mundo como lo ha hecho el modelo americano en el que el expansionismo es su razón de ser. China, que tiene su propio proyecto imperial pero no es en absoluto un relevo viable del imperio global americano, resulta un socio y un aliado eventual mucho menos asimétrico. Y ni qué decir de Rusia, siempre deseosa de mejorar sus relaciones con la enajenada Europa occidental. Pero es que a día de hoy las relaciones de los países europeos serían mejores con casi todo el mundo fuera de la tutela americana —especialmente si pueden levantar una nueva bandera y una nueva causa como la que aquí proponemos, a favor de todas las soberanías, incluida la actualmente sofocada de los EUA.

Hablamos entonces de una legítima guerra defensiva, pero con toda la iniciativa de una gran ofensiva. Y que no se crea que la gente va a lloriquear si le falta un iPhone; por el contrario, nuestras sociedades echan de menos poder recobrar algo de dignidad, de orgullo colectivo y solidaridad, aspectos que en absoluto tienen por qué ir separados. Fernández Ordóñez recuerda que una crisis bancaria como la del 2008 no costó los 40.000 millones de salvar a los bancos, sino más o menos unos 600.000 millones por consecuencias indirectas. Y no hablemos del daño moral hecho al conjunto de la sociedad. Y este es sólo uno de los perjuicios que tiene el actual sistema monetario.

Impulsando internacionalmente la adopción del dinero soberano estaremos ayudando a resolver el apremiante problema de la deuda ahora gestionado por el Fondo Monetario Internacional como otro instrumento más de control. Está claro que las deudas contraídas en el pasado y el paso a un sistema de creación de dinero independiente de la deuda futura son cosas completamente distintas, pero desde el momento en que un país invierte su dinámica de deuda pública las cosas tienen que resultar diferentes.

Se ha dicho que si les quitáramos a los banqueros de las manos el planeta que ya poseen, pero les dejáramos intacto su poder de hacer el dinero, no tardarían mucho en volver a comprarlo otra vez. Esto no puede ser muy exagerado si pensamos que son demasiado pocos para disfrutarlo todo, salvo por el fugaz milagro de la actualización que el dinero justamente representa; así como es sólo desde el presente que constantemente reorganizamos el futuro y el pasado.

Terminar con la llamada deuda odiosa, aquella que los pueblos pagan sin haberla contraído ni haberse beneficiado de ella, es algo absolutamente deseable; pero terminar con el sistema mismo que la hace necesaria una y otra vez es aún más prioritario y deseable todavía. En esto también hay poco lugar para el desacuerdo; sin embargo aquí, como en otras cosas, el cortocircuito del futuro sobre el pasado puede sorprendernos agradablemente como auténtico motor de innovación.

¿Innovación? ¿Qué innovación?

Antes de rozar siquiera este cambio en nuestra expectativa del tiempo conviene comentar algo sobre tópicos tan deteriorados del capitalismo tardío como la innovación y el espíritu emprendedor; tópicos raídos a los que el modelo vigente se agarra con uñas y dientes porque es su última baza para ocultar su cruda desnudez.

Pocas cosas se cultivan y manufacturan hoy con más mimo y detalle en los centros corporativos que la imagen de los fundadores y directores de las grandes compañías —vale decir, pocas cosas podrían ser más falsas en todo ese mundo ya rebosante de falsedad, en el que más de la mitad del valor de las acciones y de las ventas depende de la imagen pública. Sabido es que la misma Internet surgió como una estrategia del ejército para distribuir sus centros de decisión en caso de ataque nuclear; y desde entonces todos los grandes monopolios de la era digital tienen ADN de planificación militar y las agencias de inteligencia.

Al menos de Amazon se sabe que es el principal “contratista” del Pentágono y de la CIA. Pensar que tipos como Zuckerberg o Musk, por dar sólo dos ejemplos, han creado monstruos prácticamente de la nada es sencillamente ridículo, como es ridículo pensar que estos y otros de sus colegas se encuentran entre las fortunas de más peso en el mundo. El mero hecho de aceptarlo ya nos sitúa en la liga de los primos. “¿Esta gente peligrosa?” Naturalmente, decir la verdad no ayudaría mucho a las cuentas de resultados.

Y está claro que tales fachadas y testaferros no sólo benefician a las compañías y a la balanza de pagos americana, sino sobre todo a la fe en el bendito sueño americano de nuestras delicias. Nada más sagrado, y nada más digno de un poco de Relaciones Públicas, definidas ya hace cien años por sus emprendedores fundadores como “el programa de acción para ganar la aceptación pública”. Desde entonces, con varias generaciones de cine de Hollywood, los guiones no han dejado de refinarse, y el resultado es… bueno, no muy diferente del calculado.

Un día sí y otro también nos enteramos de que Facebook está aceptando dinero oscuro para promover “iniciativas disruptivas” en política, pero ¿no podría ser que sean los que están detrás de la compañía los que las estén promoviendo con el mayor de los celos? Claro que si encima pueden conseguir dinero mejor que mejor. Aparte de su propia imagen, el nuevo grado de subversión es la verdadera innovación de estas marcas. Los algoritmos de búsqueda de Google sólo son un refinamiento y expansión de los criterios de búsqueda utilizados antes en investigación científica; la verdadera novedad de esta compañía es el grado de ocultación conseguido. Google es más falso que… uno no encuentra la palabra. Por el contrario, habría que decir de algo que es más falso que Google, puesto que son ellos los que han elevado los estándares de falsedad.

Schumpeter vaticinó el agotamiento del capitalismo por pérdida del impulso emprendedor en un medio adverso y se ha hecho todo lo posible por ocultar la pertinencia de esta previsión que realmente pone el dedo en la llaga. Y es que bien poco queda para emprender en un “ecosistema” que lo que intenta es comprar y controlar desde arriba cualquier cosa que pueda competir, y donde las ganancias ya están maximizadas a la séptima potencia. El espíritu emprendedor que hoy se vende ya sólo pretende que cada cual se busque la vida como pueda.

Claro que siempre se trata de ser inspirador. Pero el mal llamado capitalismo de la vigilancia, por lo demás, no sólo está instalado en las compañías tecnológicas; hoy es imposible saber el número de personas que reciben algún tipo de nóminas del entramado de agencias de inteligencia, defensa y seguridad del país, pero que, hasta en las estimaciones más conservadoras, asciende a varios millones de personas. No está mal para una sociedad que tanto critica el gasto gubernamental, si bien parece ser que a la hora de proteger la propiedad y el privilegio todos los cuidados son pocos. Cosas como éstas, más que ser peculiaridades del sistema americano, son cada vez más el telón de fondo sobre el que se proyecta todo.

Es como los famosos 21 billones de dólares (trillones en América) faltantes en las cuentas del ejército estadounidense. Naturalmente, estos 21 billones no se refiere a que haya un agujero de 21 trillones, pues eso superaría al gasto total de defensa en todos estos años; de lo que se trata, es, nada más, que de 21 billones en transacciones imposibles de justificar o rastrear. Después de estas tranquilizadoras aclaraciones la gente ya puede volver aliviada a sus quehaceres.

Cosas como estas no son sino ligeras pinceladas en torno a la nueva economía de plantación en el que el peso muerto de los factores improductivos pendientes de vigilar los recursos se sobreponen al resto de la economía. Semejante estado de cosas contiene implícitamente la rapacidad y la malignidad. Ante la evidencia de esta economía cada vez más improductiva, ya sólo queda proyectar la imagen de una creatividad sin límites donde cada nueva jugada es siempre más “revolucionaria” que la anterior y también más irrelevante.

En los Estados Unidos a la generación del milenio ya se la conoce como “la generación quemada”. Son el último relevo en llegar al mundo laboral-real tras innumerables endeudamientos y estudios, haciendo un ímprobo esfuerzo cada día simplemente para no ser drásticamente evacuados del sistema. Muchos de ellos están votando ahora por la curiosa forma de supremacismo encarnada en su presidente como un recurso desesperado para rebelarse contra su destino, y es sólo cuestión de tiempo que comprendan definitivamente que, como dice Jorge Majfud, hoy hasta los blancos más blancos se han convertido en los negros de un 0,1 por ciento de la población. De poco les valdría que su país mantuviera su hegemonía a costa de su situación, lo que ya es precisamente el caso; ellos terminarán inclinando el fiel de la balanza en los próximos años.

Decir que hoy en los EUA la innovación es lo que menos importa sería faltar demasiado a la verdad de las cosas; sería más certero decir que se esperan en vano las virtudes regeneradoras de la innovación cuando la prioridad absoluta es mantener el terreno ganado y hay muy poco espacio permitido para la “destrucción creadora” de la que hablaba el conservador economista austriaco. En estas condiciones futuro y pasado, agua y fuego están separados, no hay interpenetración ni alumbramiento posible, no hay horizonte para el acontecimiento. “Después de la consumación”, sentencia la penúltima coyuntura del Libro de los Cambios.

A pesar de su perpetua confusión, fuerza y poder son cosas antagónicas. La fuerza es capacidad de coerción y el poder por el contrario es la capacidad de suscitar adhesión. Unido íntimamente a la posibilidad de ascenso social, apelar a la innovación es el último recurso que al capital le queda para suscitar adhesión en el imaginario moral. Y lo que ya está descubriendo bien a su pesar esa generación quemada es que ni el ascenso social ni la innovación tienen hoy virtualidad. Dentro y fuera de sus fronteras, a los Estados Unidos ya sólo les queda recurrir a la fuerza y todos los excesos de despliegue y proyección que no alcanzarán a ocultar la realidad de las cosas.

Por supuesto que el resto de los países occidentales no tienen una deriva muy diferente, pero al disponer de menos fuerza y tener la suerte de padecerla están obligados a buscar otras salidas y a ser, verdaderamente, más creativos si es que quieren tener algún futuro. Siempre ocurre que lo que labra tu ascenso es lo mismo que te impide luego evitar el descenso, y eso es lo que hace que los Estados Unidos sean hoy el país menos indicado para buscar innovación y competitividad, y no digamos ya auténtica creación. Por más que intente no perderse ni una, a este torpe gigante todo le pilla con el pie cambiado. Ahora mismo y por algún tiempo seguir su estela es la peor de las ideas.

El objetivo de fondo de los grandes monopolios digitales es realizar el viejo sueño dirigista y totalitario de un circuito cerrado en realimentación con los átomos sociales con el que dar forma al conocimiento y con él a todas las cosas: un “círculo virtuoso” que pueda verter cualquier cosa que llegue de fuera en su marco autorreferencial con sus propios parámetros. Lo más opuesto que quepa imaginar a un libre espíritu de innovación, aunque con su novedad propia: la subversión completa de los mecanismos de adhesión en los que hemos cifrado el poder. La inversión total del liberalismo se ha consumado.

La moderna paradoja de la innovación es que la auténtica innovación social sólo puede darse en los terrenos que no están regidos por la lógica del beneficio, justamente donde menos se la espera —o donde menos le interesa al capital. Del lado de las ganancias ya sólo queda apurar el vaso. ¿Cómo salir de este impasse? Las monedas propias son la forma más directa de atender estos “intersticios” a menudo más básicos y amplios que las pistas rodadas de la economía visible; ellas son un instrumento para toda esta economía paralela, verdadero contrapunto de la banca paralela en la sombra con la que no tiene otro contacto que esa huidiza línea que separa la creación de valor de la especulación.

Por definición la economía de deuda no puede significar otra cosa que la hipoteca del futuro, así que hablar en estas circunstancias de innovación y apertura tiene mucho de grotesco. Cuando la pila de deuda ha adquiridos proporciones de montaña el futuro mismo ya está trabajando hacia atrás y está entorpeciendo el flujo natural de las cosas. Como mucho, se puede aspirar a explotar esta situación al máximo, tal como se hace con la creación del dinero-deuda actual, justamente para transferir las pérdidas a los que no están en las élites. Nuestro sistema económico actual tiene menos salidas para el problema de la deuda que en tiempos del Código de Hammurabi hace 3.800 años —lo que demuestra que hablamos de innovación para no plantear una renovación.

Somos los grandes fundamentalistas de lo irreversible, y no es por otra cosa que hemos llegado tan lejos; y sin embargo todas las leyes a las que atribuimos el funcionamiento de la naturaleza, las leyes físicas fundamentales, se basan en una preceptiva reversibilidad. ¿No esto extraño? El positivismo científico, que no la ciencia en sí misma, ha terminado por reducir su idea de la naturaleza a lo encuadrado por la predicción, que aquí cumple exactamente el mismo papel que la ganancia en nuestra economía. Y esto, salido antes de nuestras prácticas que de nuestra teoría, ha terminado por tener un impacto enorme en lo que estamos dispuestos a contemplar e ignorar en nuestra relación con la naturaleza y en los límites que la tecnociencia perfila sobre nuestra sociedad.

Fuente: https://www.hurqualya.net

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=254569

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